Está mañana desperte con tu voz merodeando en mi cabeza. En mitad del sueño huí de la cama incapaz de soportar aquella sensación de vacío.Ya en la calle, caminé con un sentimiento atravesado en la garganta. Como si fuera uno de esos locos que se tragan los sables hasta la empuñadura. Sólo que no sé el truco para desenfundarlo del estomago.Cuando la pena fondea de esa manera, apenas queda la formalidad de engullirla lentamente y sonreír.Empeñada en hallarte en cada esquina, entre la gente que corretea inconsciente, creo ver tu rostro a través de los cristales. No te encuentro y me impongo como castigo no pensarte, pero caigo de nuevo en el siguiente escaparate.-Increíblemente estupido- comento al espejo mientras observo el interior de mi ojo como si fuera un besugo en un test de frescura.Repaso los síntomas. Cada vez que tu apareces, el corazón toca hasta el agotamiento tambores de guerra y yo aprieto los labios cuando te acercas, no vaya a ser que también le dé por hacer señales de humo.Me hubiera gustado llegar a la conclusión de que tengo un vulgar catarro, la fiebre del pollo, la lepra... pero no, lo que padezco es un feroz brote de enamoramiento obsesivo que empeora por momentos.Y es que no te puedo quitar de la cabeza maldita sea; pero tampoco sé cómo acercarme a ti sin descubrirme. Habré de ser sutil.Nunca he sido de los que se empeñan a toda consta en que sea el otro el que mueva ficha. Pero no creo que acercarme con ojos de cordero y narrate las doscientas noches en vela y los otros tantos días perdidos en tu busca, sea la mejor manera de cautivarte. La desesparación no me seduce en absoluto.Mientras ideo el plan perfecto, mastico pausadamente un chicle de hierbabuena. Hace más llevadero esto de tragarse un sable.

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